Experiencia: instrumentos de evaluación

Luego de dos meses de viajes, trámites y diversos cambios, estoy de vuelta en Intra-lij. Desde Valencia (España) a Santiago de Chile ha sido una travesía larga y llena de experiencias  enriquecedoras que espero seguir compartiendo con todos los interesados en los discursos dirigidos a niños y jóvenes, pero también con el mundo educativo en general. En esta entrada hablaré, justamente, de una arista del entorno educacional que siempre conlleva más de algún tipo de cuestionamiento, me refiero a la evaluación.

De vuelta en Chile, en el marco de un reemplazo, se me asignó tomar cursos de quinto y sexto básico para la asignatura de Lenguaje y comunicación. Los alumnos, como todos los años, debían leer ciertos textos literarios sugeridos en los programas del Ministerio de Educación. En el transcurso de los días me  encuentro con la siguiente situación: la lectura no tiene ningún tipo de trabajo en el aula, por lo tanto, tampoco tiene ningún tipo de actividad que guíe dicha lectura, más allá de la típica guía de vocabulario (que se realiza únicamente con ayuda del diccionario en biblioteca)

Me pregunto ¿ha cambiado algo desde que yo era alumna hasta ahora? Han pasado 9 años, algunos dirán que no es mucho, sin embargo, ha sido casi una década. Una década en la que las teorías de la lectura, de la literatura, de la evaluación y de la didáctica no solo han evolucionado sino que han ido asentándose como principios fundamentales para una buena recepción de los textos, para una mediación adecuada, para una comprensión profunda y finalmente para lograr que los niños y jóvenes tengan las competencias lectoras suficientes para enfrentar cualquier tipo de texto.

Detengámonos en la lectura de textos literarios. Durante el reemplazo observé tres instrumentos para “evaluar” aquella práctica: guía de vocabulario, ficha de lectura literaria y una prueba individual llamada “control de lectura”. El primer instrumento, destinado a ampliar el léxico de los alumnos, se realizaba con ayuda del diccionario, pero sin ayuda del libro al cual pertenecían las palabras. La mayoría de los alumnos no había realizado la lectura aún o no la había terminado. ¿Cómo podrán conocer el significado de las palabras de la guía si no las sitúan en su contexto de origen? Es sabido que el lenguaje literario se caracteriza por ser polisémico, es decir, puede tener más de un significado y el lector debe interpretar cuál es el más acertado en determinada situación. Concluyo que las guías de vocabulario, realizadas de esta forma, no tienen ningún provecho para el alumno, dado que éste observa una palabra fuera de su uso contextual y simplemente memoriza su significado a corto plazo.

El segundo instrumento, la ficha literaria, consistía en “reseñar” el libro que estaba siendo leído, es decir, buscar los datos bibliográficos, realizar una síntesis, señalar lo que les gustó y lo que no les gustó del libro y, por último, realizar un dibujo. Los alumnos debían realizar esta ficha en sus casas antes del control de lectura, puesto que así, el estudiante que cumplía con la ficha tendría dos décimas más en el control final. ¿Puede tener un aprendizaje el desarrollo de este tipo de guías? Mi respuesta es un sí rotundo, pero ¿sin mediación? ¿Podría realizarse el mismo ejercicio de la ficha de manera oral para que exista una oportunidad de compartir la lectura? Mi respuesta vuelve a ser un sí rotundo, ya que el mismo material se aprovecha mucho más y en presencia segura de, al menos, un mediador.

Por último, el temido y tenso “control final” destinado a comprobar si el alumno leyó o no leyó el libro. Las evaluaciones, de cualquier aprendizaje, tienen el objetivo de mejorar. ¿Comprobar si un estudiante leyó o no leyó  es evaluar para mejorar o para certificar? ¿Una prueba que no cambia en todo el año escolar, que se realiza de manera individual, y donde la mayoría de las preguntas apuntan a información literal del texto, puede dar oportunidades de diálogo con las lecturas?  Y lo más importante: ¿es motivante una evaluación de este tipo? Mi respuesta es un no. No me motivaba como alumna y no me motiva como profesora.

En síntesis, me he encontrado con un panorama que no ha cambiado mucho. Las excusas pueden ser: el sistema educativo, el SIMCE (sistema de medición de la calidad de la educación), la PSU (prueba de selección universitaria), la falta de tiempo, la falta de recursos, entre otros factores, sin embargo, es el norte de la evaluación lo que creo que se perdió independientemente de los factores que puedan obstaculizar los procesos. El norte no es solo certificar, el norte es mejorar, y para ello debemos reflexionar y darle una vuelta a esas oportunidades que tenemos en el aula para poder cambiar este norte que, hoy, considero perdido.

La experiencia que señalo en esta entrada es personal, pero creo que existen muchos profesores preguntándose lo mismo, así como también deben haber docentes tratando de cambiar, a pesar de los obstáculos que muchas veces nos quitan la energía. Por esto, en la próxima entrada hablaré de un concepto que nos puede ayudar a generar cambios significativos en nuestros procesos de enseñanza-aprendizaje: la evaluación formativa

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s